La utilización de más de un vestido o
manto en cualquier grupo social va es un distintivo de valor económico; lo
mismo que la presencia de una joya aumenta ese grado de riqueza según el número
de adornos. Por otra parte el tipo de vestido v la morfología de las damas indican otro valor de aspecto social, porque
responden a un comportamiento del individuo en relación a su grupo. Así los
vestidos y joyas o bien conservan una tradición conocida v transmitida dentro
del circulo familiar, étnico, o religioso por la carga sentimental o simbólica
que tienen> la cual es la fuerza de su transmisión en tanto en
cuanto se mantiene el mismo estado; o bien son novedosos por múltiples
factores: no tienen una tradición anterior arraigada, entran en un circulo
social distinto, o porque cambian las estructuras socio-políticas de la
sociedad.
Desde esta perspectiva, el manto oblicuo
es una vestimenta original de la zona sur peninsular, pero que se origina por
las corrientes estilísticas del Mediterráneo llegadas en un momento de
transformación de las sociedades del período orientalizante. No existe ninguna
representación anterior a las del período ibérico antiguo, momento en el que
surge la escultura y como ella, toda la "moda" con la inspiración y
prototipos aceptados, primero del mundo oriental y posteriormente del griego.
Este manto se mantiene en uso evolucionando hasta época romana. Con estas
mismas corrientes se introducen también los prototipos de joyas. Y como hemos
expuesto supra los colgantes en
"U" son una evolución de amuletos con fuerte simbología religiosa.
En definitiva, consideramos que la dama de
Torres por sus ropas y joyas, en general, responde al perfil de una mujer
adinerada y por los modelos del manto y tipo de los collares con colgante de
tradición orientalizante de valor sacro (amuletos), se modela una mujer con
unas raíces o tradiciones antiguas. Pero en el conjunto de joyas lleva un
torques que en el mundo ibérico, entre otros valores, tiene el ser rango de la
nueva clase emergente de "caballeros aristócratas" (Blánquez, 1997).
Interpretamos, pues, que la dama de Torres puede representar una aristócrata,
de la nueva clase dirigente ibérica -el torques distintivo de rango- pero que pertenece
por herencia a la nobleza más antigua de la región por las joyas de tradición
anterior conservadas como patrimonio familiar. Una dama de la misma categoría
social puede considerarse la de Castellar.
Y si el atuendo nos ha permitido algo
sobre su representatividad, el análisis de la actitud que refleja la imagen,
respecto al observador, nos puede acercar a desvelar su función. La dama tiene
una posición estática, formando un todo en ella misma, cuyos brazos es muv
posible que se proyectaran hacia delante, o se apoyaran en el cuerpo, dejando
visible intencionadamente su vestimenta y joyas. Su altura estaría en una talla
media, o normal, dentro de los parámetros de otras esculturas ibéricas (Ruiz
Bremón, 1989, p. 113) y teniendo en cuenta que, a los 0,64 m que conserva, hay
que sumar las partes perdidas. El tratamiento del cuerpo en volumen, sin aristas frontales, permite
suponer que podía ser vista desde distintos ángulos.
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